En nuestra práctica clínica, muchas personas llegan a consulta con síntomas físicos o emocionales que no logran entender del todo. Dolencias persistentes, sensaciones extrañas en el cuerpo, estados de ánimo cambiantes o una sensación de estar desconectados de sí mismos. Y sin saberlo, detrás de todo eso… puede haber un trauma.
Cuando hablamos de trauma psicológico, solemos pensar en experiencias extremas: accidentes, abusos, desastres naturales o violencia. Y sí, estos son ejemplos claros de lo que se conoce como trauma con T mayúscula: situaciones que amenazan directamente nuestra vida o integridad física y emocional.
Pero existe otro tipo de trauma más sutil, silencioso y mucho más común de lo que imaginamos: el trauma con t minúscula. Este tipo de trauma se genera cuando vivimos experiencias que, aunque no pongan en riesgo nuestra vida, superan nuestra capacidad de respuesta en ese momento. Ejemplos de esto pueden ser:
El trauma no siempre se recuerda como un hecho puntual. Muchas veces, lo que queda es el rastro en el cuerpo y en la forma de relacionarnos con el mundo. Algunos de los síntomas más comunes del trauma son:
Estos síntomas no aparecen porque “estés mal” o “seas débil”. Al contrario: son señales de que tu cuerpo y tu mente están intentando protegerte. Son como notificaciones internas que te dicen: “Aquí hay algo pendiente que necesita ser atendido”.
El trauma no se borra con el tiempo, ni se supera solo “echándole ganas”. Muchas personas aprenden a convivir con sus síntomas, sin saber que es posible sanar.
La terapia psicológica para el trauma ofrece un espacio seguro para explorar lo que ocurrió (o lo que faltó que ocurriera), darle sentido a tus reacciones, y liberar al cuerpo y a la mente del peso que llevan cargando.
En nuestra clínica trabajamos desde enfoques terapéuticos que ponen el foco en la experiencia emocional y corporal de cada persona, para poder acompañar procesos de transformación profundos y respetuosos.
En resumen, si sientes que algo no está bien dentro de ti —aunque no puedas explicarlo del todo—, eso ya es una razón suficiente para buscar ayuda.
El síntoma no es el enemigo: es el mensajero. Escucharlo es el primer paso hacia tu bienesta
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